La vendimia

Las últimas viñas que salpicaban los campos de Salmoral se terminaron de arrancar hacia los años 70 del siglo XX, la falta de mano de obra que ocasionó la emigración propiciaron la conversión de los antiguos majuelos en tierras de labor.

La uva daba menos trabajo que el grano, no había que sembrar, trillar, etc, pero a lo largo del año había que andar más pendientes. En el mes de marzo se podaban las cepas, las varas de sarmiento producto de la poda, se trenzaban formando manojos que se guardaban en el pajar para encender la lumbre.

En abril había que cavar las cepas con la azada para limpiarlas de malas yerbas y hacer el asiento que recogiera las beneficiosas aguas de la primavera, también se tiraba un poco de basura. A finales de julio cuando comenzaba a aparecer el fruto había que sulfatar para evitar enfermedades.

El municipio contrataba un guarda jurado que cuidaba que nadie entrara en las viñas antes de la vendimia. A finales de agosto empezaban a tintar las uvas para infortunio de los muchachos, cuando el guarda nos cogía robando uvas nos quitaba los pantalones y nos mandaba a casa sin ellos, por la noche visitaba a los progenitores de los desafortunados para devolver la prenda y cobrar la multa, el resto es de imaginar.

Hacia San Miguel (29 de septiembre) según viniera de adelantado el año empezaba la vendimia. Duraba unos pocos días y se vivía como gran una fiesta, se daba pregón del día que empezaba y se presentaban vendimiadores de otros pueblos. Provistos de tijeras y navajas cortaban los racimos que recogían en los cuevanillos. Las cuadrillas cantaban y se gastaban bromas, se tiraban racimos o se los restregaban por la cara. Por la noche en el pueblo había baile, según decían los mayores, muchos novios y bodas salieron de las vendimias.

En el lagar dos o tres hombres calzados con botas de goma -que sólo usaban para ese menester- abrazados por los hombros, pisaban la uva. El mosto iba cayendo por una espita a un pilón, del pilón se vertía en las tinajas de barro con un caldero donde empezaba la fermentación. La bodega tenía que tener respiraderos pues los gases podían atufar y provocar la muerte por asfixia. Cuando el mosto había empezado a fermentar se trasegaba a otra tinaja y se echaba la madre. El mosto era una rica golosina y los críos siempre andábamos cerca de las casas donde se pisaba.

El vino se hacía en cada casa para el gasto, pero había años que había un cosechón y el excedente de vino se vendía. La venta se anunciaban con un banderín en el balcón, blanco o rojo según que vendieran vino blanco o tinto. Se acababa pronto pues venían con caballerías de los pueblos serranos a comprarlo. El vino se medía en cántaros -16 litros- y cada cántaro era el mosto de unos 30 kilos de uva.

Con los hollejos y restos de la racimos se hacía aguardiente en los alambiques del pueblo, unos legales y otros casi. Era un aguardiente muy fuerte y según parece con propiedades medicinales, era buen analgésico para los dolores de muelas.

El calendario festivo