El trillo y la cañiza

A primera hora de la mañana los haces se desataban y la mies se repartía formando un círculo, una vez tendida la parva el resto era dar vueltas y vueltas con el trillo para desgranar las espigas y triturar la paja.

 

La trilla era trabajo de mujeres o muchachos contratados como trilliques, en verano no había escuela y una ayuda en casa no venían mal. Se trillaba sentado en una banqueta sobre el trillo y dirigiendo la yunta con las maromas y la tralla.

Los trillos estaban formados por gruesos tablones de madera unidos entre sí, curvados hacia arriba en la parte lantera. Por su cara inferior iban guarnecidos de lascas de pedernal engastadas en muescas de la tabla. Algunos trillos montaban, además, unas tiras de hierro en forma de sierra para favorecer su función. La trilla más efectiva era cuando más calentaba el sol y la mies estaba torrada. En el calor y en la rutina algunas yuntas levantiscas se desenganchaban y corrían a beber a la laguna.

Para que toda la parva se trillara por igual de vez en cuando había que tornar, voltear la mies con las horcas, aunque algunos trillos montaban una tornadora en la parte posterior, era un arco de hierro replegable. A pesar de estas sofisticaciones, los muchachos preferíamos tornar sentándonos en el trillo de espaldas con las piernas hacia fuera. El trillo a veces se arrollaba y arrastraba la mies haciendo montones, había que bajarse y esparcirla.

Por la tarde cuando caía el sol, la parva estaba trillada y había que recogerla. Los críos andábamos al pesco para subirnos en la cañiza, una enorme rastra tirada por la yunta y guiada por los hombres con las maromas. Los rastrillos de mano y las escobas hacían el resto para formar el montón trillado con forma cónica; era importante que todo quedara bien barrido y recogido por si llovía antes de que viniese un día bueno para limpiar.

Noches de verano

Las noches de verano salíamos al fresco. En todas las calles se formaban corrillos, se sacaban sillas bajas de los portales y en un momento se liaba la cosa.
Los hombres que venían de la era se iban a cenar, pero en cuanto terminaban se incorporaban a la tertulia que para sí hubiera querido el Café Gijón. Entre bromas y veras se daban un repaso al pueblo, los rumores, la cosecha y cualquier hecho destacable del acontecer cotidiano; noches hubo que la reunión se prolongó hasta altas horas.
Los muchachos jugábamos en el regato en medio de la calle, entonces no estaban asfaltadas y no había coches. Jugábamos juntos los chicos y las chicas, bueno no siempre, a veces reñíamos porque ellas querían jugar al "pasimisi" y nosotros al "escondite". Las noches que había "gresca", nosotros, fervientes seguidores de los percusionistas del momento, sacábamos nuestras baterías hechas con latas del escabeche y dábamos un concierto para amenizar la velada estival.

La límpia y medir