Las ovejas

Salmoral siempre ha tenido ganaderos de ovino que, más que negocio de explotación, era un medio de vida para una familia, nunca se formaron grandes rebaños, pocos llegaban a las doscientas cabezas. Aún así, alguna vez venían pastores de la sierra que se quedaban algunos años entre nosotros, se ajustaban de San Pedro a San Pedro, dormían en el campo y prácticamente vivían allí; solo bajaban al pueblo las fiestas señaladas como San Roque, el Cristo, la Cruz o el Corpus.

Según los libros, en los tiempos de la Mesta las ovejas trashumantes de raza merina cruzaban por el Cordel de Merinas que pasa por el término, pero eso debió de ser hace mucho tiempo porque los rebaños de Salmoral son de ganado estante, y las piaras son ovejas churras, la mayoría blancas aunque siempre sale alguna negra como los garbanzos. A veces con el rebaño va alguna cabra pero son las menos.

Las ovejas se echaban a los rastrojos después del acarreo de mies y de espigar, pues a pesar del empeño que se ponía, siempre quedaban granos en las tierras. Los rastrojos eran la comida hasta casi los Santos y se acababan cuando los labradores daban la primera vuelta con el arado para preparar la sementera. Algunos principios de otoño caían unas gotas y nacían porretines tiernos entre los rastrojos muy apetecibles para las ovejas.

La paja de cebada es más dulce que la de trigo y la más apreciada para los rebaños. El pastor controlaba lo que comían en la rastrojera, había que tener cuidado, la oveja es muy ansiosa y si alguna se atracaba de espigas podía implarse y había que matarla.

Cuando todavía quedaban viñas tras la vendimia, las ovejas rebuscaban las hojas de parra en los majuelos. En invierno se sacaban al campo, sólo para que las diera el aire pues pasaban el día resguardadas en los corrales. La dieta, un poco de paja envuelta con grano, los pilones con agua y bloques de sal para que lamieran.

Después de la Cruz (2 de mayo) se abría el prado y todos los animales se beneficiaban de la hierba nueva, era una fiesta para todas las gentes y animales del pueblo.

A partir de junio venía el tiempo bueno para esquilar, se limpiaban y barrían bien los corralones y se apartaban los animales con cañizos, las ovejas se iban sacando de una en una y trabando manos y patas. El esquilador en pie la sujetaba entre las piernas y empezaba con la tijera por la barriga; cada oveja daba unos 4 kilos de lana. Había que saber esquilar para sacar el vellón entero y no sollar al animal. Los trozos de lana de las patas y la cabeza eran las cascarrias y se metían en un saco. Con el tiempo se empezó a esquilar con máquina se acaba antes y se hacían menos heridas a los animales.

Recién esquiladas había que evitar que las ovejas se mojasen. Las untaban con Zotal rebajado para evitar parásitos. Era el momento de marcarlas, en un caldero viejo se ponía a hervir pez y con hierros se marcaban las iniciales del amo en un lateral del lomo, había quien las marcaba haciéndolas cortes en las orejas. Últimamente les ponen una etiqueta de plástico en la oreja, el cortal creo que se llama, prendida con una grapa.

Las ovejas entran en celo en verano y el embarazo dura aproximadamente 5 meses (145 días). Para que el rebaño esté igualado conviene que la mayoría paran a un tiempo, así que había que echar las ovejas al carnero cuando convenía. Para evitar que las cubriera fuera de tiempo se ataba al morrueco, a modo de mandil, un trozo de badana o trapo fuerte que formaba una barrera física. Ello no impedía que intentara una y otra vez montar a las ovejas pero si que lo lograra y las dejara preñadas. Había algunas ovejas machorras –estériles- que no quedaban nunca preñadas. Parían en invierno y en cada parto solía tener una cría que pesaba entre tres y cuatro kilos, aunque alguna amellizaba.

En verano cuando hace calor las ovejas se amorran no comen y se apiñan en grupo, para evitarlo, se encerraban en los corrales hasta que caía un poco el calor. Cuando comían amapolas con la hierba se emberronaban y el pastor tenía que sajarles las orejas para curar la congestión e intentar salvarlas.

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