La limpia

Para limpiar el montón había que esperar a que hiciera un día de aire, las tardes de agosto antes de anochecer, se levantaba en el prado una brisa que venía muy bien para limpiar, pero lo mejor eran los días que amanecían de aire solano, los hombres dejaban entonces los otros oficios y se ponían a limpiar.

La herramienta de limpiar era el bieldo, parecido a una horca pero más plana de seis dientes encajados en una madera y un mango largo. Los hombres se subían en lo alto del montón, buscaban la dirección del aire y con el bieldo lanzaban la mies; el grano por mayor peso caía separándose de la paja.

En la límpia de algarrobas acudían gorriatos –vencejos- a comer los cocos y los muchachos tratábamos de cazarlos al vuelo lanzando trallazos al aire.

Tras limpiar había que recoger con los rastrillos y las palas para formar el muelo de grano y el montón de paja.

Para terminar de limpiar el grano había que cribar. Un hombre –o mujer- con los brazos extendidos recibía en la criba el grano que otro le iba echando con un caldero, sacudiendo la criba, el aire se llevaba las últimas pajas y el grano quedaba limpio, en la criba quedaban las grancias. Por la criba tenía que pasar todo el muelo. A veces que el grano tenía arenilla y había que hacer otra pasada por el harnero, una criba muy tupida que retenía el grano y dejaba caer la arena.

Las grancias estaban compuestas por espigas mal trilladas, piedras del trillo y tallos de malas hierbas. Casi siempre se dejaban para salvaos de los animales pero si había muchas, se iban amontonando y cuando se estaba acabando de eras se volvían a trillar, limpiar y acribar para sacar los últimos granos.

La máquina de limpiar

Con los primeros adelantos llegaron las máquinas de limpiar, las primeras eran de madera y significaron la avanzadilla de la mecanización que produciría cambios tan radicales en la labor.
La limpiadora necesitaba también que hiciera un poco de aire. La mies trillada se echaba por la tolva; una manivela accionada por brazo humano, hacía girar unas aspas que producían el aire que separaba paja y grano. La paja salía por una gran boca y el grano iba cayendo en cribas sucesivas agitadas también por el movimiento que mandaba la manivela. En las últimas se separaba el grano limpio que caía por una rampa de madera, de las grancias.
Con el tiempo las limpiadoras incorporaron un motor de gasolina y unas correas que sustituían la manivela. Enseguida llegarían los tractores, segadoras, trilladoras y cosechadoras, pero eso ya es otro cantar.

Los muelos de grano se terminaban en cono y se alisaban con la pala de madera dejando marcas por si alguien andaba en ellos. Las eras se iban llenando de muelos, peces y montones de los diferentes granos, cada uno de su color, los más oscuros las algarrobas, los dorados de trigo pané y los pajizos de cebada.

Los garbanzos a veces se trillaban y limpiaban pero casi siempre se sembraban para el consumo de la casa, y como no eran muchos, se extendían al sol y con mazas de madera se desgranaban y se limpiaban con las manos.

Medir

Para medir se usaba la media fanega, un recipiente de formas cuadradas acabado en pico que se llenaba de grano y se rasaba con una tabla; la boca picuda facilitaba el volcado dentro de los sacos. Cada grano tiene su equivalencia en peso-fanega, la fanega de cebada pesa menos que la de trigo, en general la fanega tiene entre 43 y 47 Kg. de grano.

Los sacos de arpillera que se usaban para grano eran los que venían con el mineral y solían anunciar su uso original, "Nitrato de Chile”, “Nitrato de Cal de Noruega”, etc. También se usaban grandes costales de lona. Los sacos podían contener entre fanega y media y dos fanegas de trigo y los costales de dos fanegas y media a tres.

Sacos y costales se transportaban en el carro a la panera y se barría todo para no perder ni un grano. A medida que avanzaba el verano en la hierba del prado iban quedando sombras amarillentas que marcaban donde habían estado los montones, empezaban a salir unas florecillas malvas sin tallo ni hojas, las chupamieles, nunca supimos por que se llaman así, pero eran el anuncio de que el verano estaba próximo a su fin.

Cuando el carro llegaba a la casa todo el que andaba cerca ayudaba a descargar y el carro se descargaba en un santiamén. El agradecido dueño sacaba una jarra de vino de su bodega y un mantecado o un bollo de chicharro y todos se refrescaban.

Los sacos se vaciaban en la panera. Los hombres con el saco a la espalda subían por unas tablas puestas sobre el grano, iban desatando el saco por el camino y cuando llegaban al lugar adecuado, soltaban el contenido desde los hombros. A veces el grano se dejaba en los sacos en la cámara.

Los miedos del invierno eran las heladas. En la primavera los nublaos y el granizo podían tumbar o destruir la cosecha antes de la siega. Durante la recolección las tormentas podían pudrir los haces, las parvas o los muelos en la era. Con el grano en la panera sólo quedaba esperar al turno para llevar los granos al silo de Macotera. Una pequeña cantidad de trigo se reservaba para el pan del año y se molía en el molino del pueblo, el resto se vendía al Servicio Nacional del Trigo que establecía el precio al que compraba, y en consecuencia, la riqueza o pobreza de nuestra gente.

La paja