Juegos

El juego pelota

El juego de pelota ha sido hasta hace bien poco el deporte autóctono de Salmoral y de los pueblos vecinos. Se jugaba los domingos a lo largo del año, pero los campeonatos de las fiestas atraían a gentes que venían a jugar o a presenciar el juego, y que aprovechaban para quedarse a los bailes de la tarde-noche.

El frontón donde se celebraban los partidos también se llama el juego pelota, el antiguo aún se mantiene en pie cerca del cementerio, al final de las traseras. Allí compitieron los jugadores más famosos de la posguerra como el Manco de Alaraz o el Gitano de Peñaranda.

Algunas veces se jugaban partidos individuales –mano a mano- pero lo normal era jugar de parejas. Por los años 50 fueron famosos jugadores del pueblo como Julián Plaza, Joaquín Cuesta, Félix Sánchez y muchos otros. En tiempos más recientes la pareja Loren Arruña y Nilo tomaron el relevo, reforzados años más tarde con Manolo el Panadero.

Ell jugador más joven de cada equipo se ponía delante junto a la pared frontal y el otro jugador, más fuerte, se situaba detrás. Sacaba uno de los equipos desde la línea de saque y alternativamente debía devolver un jugador del otro equipo. Sólo podía botar una vez en el suelo y dentro del espacio del frontón, si no, era mala. En la pared frontal había una raya por debajo de la cual tampoco podía pegar la pelota. Los jugadores procuraban que el bote en el suelo lo hiciera junto a la pared lateral para así dificultar la devolución del contrario.

El 15 de agosto de 1985 después de la Misa, fue bendecido e inaugurado el nuevo frontón junto a los caños del prado, esa misma tarde se estrenó con un partido. Hoy se utiliza para jugar al frontenis.

Juegos de mujeres

Los miches era una especie de juego de bolos que practicaban principalmente las mujeres. Colocaban cinco bolos de madera de forma cónica, los miches, y detrás de ellos un bolo más pequeño llamado el novio. Cada tirada por turnos lanzaban dos bolas de madera y para tumbar el mayor número de miches sin caer el novio.

Muchas tardes de domingo, cuando empezaba a hacer bueno, se formaban los corrillos de mujeres de la lotería, una especie de bingo que se organizaba por calles. Repartían los cartones a perra gorda. Las bolas se iban sacando de un fardel de tela y cantando en voz alta los números. Se arrayaba poniendo chinas o alubias sobre los números de los cartones. Quién completaba un cartón se lo llevaba a la voz de y mía. Muchos números tenían nombre propio que todos entendían: la niña bonita (el 15), los dos patitos (el 22), el abuelo (el 99), el cinco pelao y un requetemeneao (el 5 y remover la bolsa de las bolas).

Juegos de hombres

Los hombres jugaban a la calva. La calva es una pieza con forma de escuadra que se asienta de modo que uno de sus lados quede al aire, había que derribarla lanzando grandes fichas cuadradas de hierro, los marros, cada derribo era un tanto y las partidas eran a 18 tantos.

Los hombres también tenían hasta hace poco la costumbre de ir a echar la partida al café. Todas las mesas se llenaban y había partidas de varios juegos, aunque los más comunes eran el subastao, la brisca y el tute y en todos se jugaba de compañeros. Con tiempo llegaron otros juegos como el mus, el julepe y el poker que solían jugar los más jóvenes. En la partida se hablaba en voz alta y de vez en cuando surgían pequeñas riñas por que alguien tardaba en robar, por asomarse a las cartas del vecino o por no asistir, pero nunca llegaba la sangre al río. En las mesas siempre sacaban a colación los hechos cotidianos, gastaban bromas y se hablaba de gentes del pueblo, bien, por supuesto.

Juegos de niños

Los chicos imitábamos los juegos de los mayores aunque teníamos alguno própio como la perra. En el suelo se marcaba una raya a una cuarta de la pared, cada muchacho tiraba su perra (moneda de diez céntimos) contra la pared y el que quedaba más cerca de la raya se las llevaba todas. También jugábamos a las tabas, a la peonza y al juego pelota en las tapias de la iglesia, a pesar de las buenas regañinas del señor Cura.

El ondín

En el verano los muchachos nos dedicábamos a “matar pájaros” con el ondín, lo que hoy se llama tirachinas.
Lo primero era fabricar el artilugio, llevaba su tiempo como todo instrumento de precisión, dábamos varios viajes a las Cañadas a buscar una rama de mimbre que tuviese la forma requerida para la horquilla. Cuando encontrábamos la buena, tomábamos prestada de casa una navaja y la dejábamos lista. Solíamos grabar algún dibujo separando trozos de piel de mimbre.
El paso siguiente era conseguir un zapato viejo e hilo de bramante que encontrábamos en el muladar de los zapateros. Del zapato cortábamos un trozo de material para hacer la zapata donde se pondría la piedra.
Lo más difícil eran las gomas, se hacían con trozos de cámara de las ruedas de los coches pero entonces había pocos coches. Las cámaras viejas del Coche Correo abastecieron durante años los ondines de los muchachos de Salmoral. Del retal de goma cortábamos dos tiras de unos quince cts. de largo por uno de ancho y atábamos con hilo de bramante los distintos elementos.
La munición, chinas, lo más redondeadas posible, siempre llevábamos los bolsillos llenos. Los amigos a veces reñíamos por una buena piedra, por quién la había visto primero, pero como buenos cazadores zanjábamos la cuestión con caballerosidad.
Y empezaba la caza, los pájaros en cuanto veían un ondín se lo contaban entre ellos y no paraba ninguno cerca, así que nunca matábamos ninguno, pero buenos sustos les dábamos. Terminábamos en la alameda, haciendo puntería para gastar la munición y comentando las incidencias de la jornada, como todo buen cazador. Los mayores cuando nos veían con el ondín solían decirnos: “con plumas me como los que caces”. Nadie se atragantó nunca.

Música y músicos