SALMORAL

EUSTAQUIO ARRIMADAS ESTEBAN

PRESENTACIÓN

Eustaquio Arrimadas Esteban es un salmoraleño nacido en 1942. Su infancia la pasó en Salmoral. Siendo niño aún, sus padres, deseosos de que tuviera una formación más completa, le enviaron a estudiar al colegio de los salesianos de Salamanca, donde cursó hasta el Preuniversitario, pasando posteriormente a la Universidad para realizar los estudios de Medicina. Una vez licenciado se especializó en Análisis Clínicos. Desde muy joven, sólo tenía veintisiete años, es Jefe del Servicio de Análisis Clínicos del Hospital de la Seguridad Social de La Línea de La Concepción (Cádiz).

Desde que le conocí, somos cuñados, siempre observé en él el amor que sentía por su patria chica. Cuando hablábamos sobre algún tema costumbrista, Salmoral siempre sale a relucir. Tal es así que hace bastante tiempo me comentó su idea de escribir todos los recuerdos que tenía sobre algunas costumbres y personas de Salmoral, pues decía que con el paso del tiempo acabarían por olvidarse. El presente libro es la plasmación de dicha idea. Lo ha escrito en sus ratos libres, cuando sus obligaciones familiares y profesionales se lo han permitido.

Los temas que se tratan a continuación nos trasladan al Salmoral de finales de los años cuarenta, y al Salmoral de las décadas de los cincuenta y sesenta. Son temas que han sido tratados con un lenguaje sencillo, y sobre todo dirigido a los salmoraleños.

Por otra parte, creo que este libro, a pesar de sus escasa difusión, sería muy interesante para algunos historiadores, pues actualmente se tiende a investigar y escribir sobre la historia local.

  Miguel Ángel Martín Pérez, julio 1991

Perteneciente a la provincia de Salamanca, pero muy cerca de la de Ávila, a once kilómetros de Peñaranda de Bracamonte y cerca de Alba de Tormes, se encuentra Salmoral. Hasta no hace mucho su parroquia pertenecía a la diócesis de Ávila.

En las enciclopedias más antiguas podemos leer que Salmoral llegó a tener más de 2.000 habitantes, yo lo conocí con sólo 1.000. Hoy día no llega a 500.

Su origen es desconocido, pero todo hace pensar que es un pueblo joven, que debió surgir con mucha fuerza, ignorándose su causa, y que cuando llegó la industrialización a sus campos la mayoría de sus habitantes buscamos otros aires.

En Salmoral no hay casas antiguas, ni tampoco construcciones que nos lleven más allá del siglo XVII. La Iglesia y dos casas con arcos de grandes piedras, las de Germán y Balta, es lo único que tenemos.

El pueblo está construido en torno a la Iglesia y al Ayuntamiento. Sus calles son relativamente anchas y rectas. Sin río, sin árboles... ¿por qué se asentaron aquí los primeros pobladores de Salmoral?, ¿por qué, según se dice, llegó a tener tanta importancia como núcleo urbano?. Espero que en algún archivo esté la respuesta.

BARBEROS

No podían faltar en Salmoral los barberos, Del primero que me acuerdo es de el padre de "Ruano". Tenía su barbería en la calle de Alba, frente al comercio de la señora Alfonsa. Un sillón en el centro de la habitación, que recibía el sol a través de una pequeña ventana que daba a la calle, servía como asiente. A los lados, junto a las paredes, había dos bancos corridos para los que estábamos esperando.

Otra barbería era la del "Cojo". Estaba en un callejón, allí por la calle donde "la tía Pilarica" tenía su escuela. Mas tarde las dos barberías se trasladaron de lugar: Ruano se instaló en la plazuela y Mateo, "el cojo", se situó en la misma calle, pero un poco más abajo, instalándose en la casa que fue de "la Leonor", después de que ésta se fuera a vivir a Madrid.

Ruano, junto a la peluquería tenía una verdulería, a la que atendía a la vez que aquélla. De la peluquería de Ruano me vienen recuerdos de los días de fiesta, en verano, en horas tempranas, cuando los trabajadores del campo acudían a cortarse el pelo y a afeitarse la barba, crecida, por los menos de ocho días. Cuando quedaban "limpios", se les veía en la cara el verdadero esfuerzo de las labores del verano.

De la casa de Mateo recuerdo las tertulias que se formaban, en las que participaban su mujer y sus hijos. Por cierto, los hijos de Mateo han seguido los pasos de su padre en Madrid, y con mucho éxito.

Murió Ruano y se marchó también Mateo. Creo que el único que cortaba el pelo era Quico, "el hornero". Hoy día no sé si existe algún peluquero en Salmoral.

COMUNICACIONES

Tan sólo una carretera, poco más que un camino, es lo que une a Salmoral con su cabeza de Partido, y a su través con la carretera que une Ávila con Salamanca. A pesar de esta escasa comunicación, siempre ha habido caminos que nos han acercado a Ávila por "carrá Ávila"; a Piedrahita y Barco de Ávila, por Cabezas y Alaraz; a Alaba de Tormes por "carrá Macotera", y a Peñaranda por la carretera arriba mencionada, hoy con una ligera capa de asfalto.

A Peñaranda casi siempre se iba en burro o en mulo, y sobre todo los jueves, por ser día de Mercado. Dos horas se necesitaban para recorrer las dos leguas, once kilómetros, que separan Salmoral de su cabecera d Partido. Se Atravesaba Mancera de Abajo, y se pasaba cerca de Bóveda del Río Almar. También se podía ir en el "coche correo", que usaban los que no tenían otro medio de transporte o la imposibilidad de usar el que tuvieran.

Poco a poco se fueron dejando las caballerías como medio para viajar, siendo el automóvil el que tomó el relevo, así de las dos horas que se tardaba en burro en llegar a Peñaranda, se pasó a tardar una hora con el "coche correo". Primero fue el "tío Andresique", luego Emilio, su hijo, hicieron posible que el recorrer los susodichos once kilómetros en automóvil fuera algo habitual. Gracias a este medio de transporte podíamos ir a Salamanca, y volver, el mismo día. Llegó el día en el que los viajeros eran tantos que al subir las pocas cuestas que existían en este itinerario el "coche" se paraba, entonces algunos viajeros, los más jóvenes, se bajaban y de esta manera se podía continuar la marcha.

Más tarde, Diego se compró un taxi, no sé si de tercera o cuarta mano, pero fue la solución de los viajes urgentes. En las mañanas de invierno le tenía que poner un brasero debajo del motor, para que luego pudiera arrancar. Con él ya podíamos llegar a Salamanca sin hacer ningún tipo de trasbordo.

EL AGUA

Como se ha comentado anteriormente, Salmoral no tiene río, ni regato, con caudal regular, y sin embargo nunca se pasó sed. Ni en los veranos más secos Salmoral se quedó sin agua.

Cada casa tenía su pozo, más o menos profundo, pero todos con el agua suficiente para poder efectuar las faenas de la casa y atender a los animales. Pero esta agua no se  podía beber, pues era muy dura, tal es así  que los garbanzos no cocían bien en ella. Para cocinar se utilizaba el agua de un manantial, el de la "fuente vieja", allá por la alameda, con sus grandes piedras de granito formando una cueva, y con una gran ventana por la que la gente metía los cacharros (cántaros, calderos y otras vasijas) para coger agua. Era un agua muy fina, de la que nadie conocía su procedencia, pues la canalización, muy antigua, se pierde camino de Mancera de Arriba. La mayoría de las diarreas y cólicos que con tanta frecuencia se padecían en Salmoral durante el verano eran debidas al agua contaminada de esta fuente.

Más tarde construyeron la fuente nueva, de ladrillo visto. Tenía una rueda de hierro, gracias a la cual se sacaba el agua que a través de un caño llenaba los cántaros. Era el punto de reunión de mozas y mozos en los atardeceres de Salmoral. Más tarde se hizo un pilón anejo a la misma, para que sirviera de abrevadero a los animales. Se secó esta fuente y se hicieron los pozos artesianos del prado. Era mejor agua, que llegaba de forma más continua, pues era extraída de mayor profundidad. Eran otro tiempos y el progreso ya estaba llegando al pueblo.

COMERCIOS

Allí, en las cuatro esquinas, cerca de la casa del cura, estaba el comercio de la señora María, la de Diego. Solía tener algunas bacaladas en la puerta. Dentro, el olor típico de las tiendas donde se vendía de todo. El mostrador, de madera desgastada, ocupaba todo el frente; detrás de él estaba la pared, cubierta de repisas. Aceite, sal, aceitunas, azúcar, chocolates, vino..., de todo, o casi de todo, se podía compran allí.

También había otra tienda, aunque de menos importancia, en la calle Alba, era la de la señora Alfonsa.

Lógicamente se compraba al contado, con dinero contante y sonante, pero había excepciones. Existía la "tarja", un palo sobre el que se hacían muescas cada vez que se hacía una compra y que servía de "cuaderno de notas" a los que no sabían leer. Después de la siega, con el dinero conseguido, los acreedores pagaban sus deudas, volviendo a funcionar de nuevo las "tarjas".

Más tarde llegó la "Librada", cuya tienda, aún teniendo más surtido, carece del "sabor" de aquéllas tiendas que sólo dan los años.

EL AGUARDIENTE

Además del vino, Salmoral producía aguardiente. Se obtenía del orujo de las uvas y se fabricaba de dos formas: una de ellas era en plan casero, saltándose un poco las leyes, gracias a las alquitaras portátiles. La otra forma de obtener orujo era en las fábricas de aguardiente.

La obtención del aguardiente casero había que hacerlo con mucho sigilo. De madrugada se presentaba el dueño de la alquitara (gran recipiente de cobre con un serpentín) en la casa donde tenía que trabajar. Le estaba esperando un fuego de leña muy vivo y continuo, necesario para obtener un buen producto. La gran "panza" de la alquitara se llenaba de orujo, ce cerraba con tornillos de seguridad y se le aplicaba calor por su parte inferior. Todos, alrededor, esperábamos que salieran las primeras gotas de aguardiente, el cual sería probado rápidamente por el dueño para certificar su calidad. El pago al propietario de la alquitara se solía hacer en especie, pues del aguardiente obtenido un tanto por ciento era para él.

Las leyes y la desaparición de las alquitaras hizo posible que Salmoral contara más tarde con dos fábricas para la obtención del aguardiente: la de los "foritos" y las de los "móstoles". La desaparición de las viñas y la emigración fueron las causas de que dichas fábricas duraran poco tiempo.

LOS BUENOS MAESTROS

A la escuela se iba desde los cinco años, los párvulos, hasta los catorce. Los más pequeños tenían una habitación en la planta baja; tenían mesas redondas y sillas de enea. Niños y niñas, juntos, pasaban las horas aprendiendo las primeras letras.

Algunos tuvimos la suerte de ir antes a la escuela de la "tía Pilarica". Allí aprendimos las oraciones de los labios de aquélla buena mujer; si, de sus labios, pues no sabía leer.

En la planta baja también estaban los de edad mediana y los mayores, sólo los chicos, unos con don Dimas y otros con don Quintín. ¡Cuántos de los que con él aprendieron, si hubieran tenido las oportunidades que a otros nos dio la vida, habrían seguido estudiando! Fruto de su trabajo fueron los dieciséis universitarios que hubo en Salmoral en un momento determinado. Muchos universitarios para un pueblo tan pequeño.

En la parte superior de la escuela estaban las chicas con doña Pilar y doña Nati. La primera enseñaba a las niñas a "estar" y a comportarse. Doña Nati, menuda por su estatura pero grande por su genio, enseñaba las diferentes asignaturas.

Los niños de los años cuarenta, continuación de los de don Segundo, fueron las generaciones que se formaron para enfrentarse a los grandes cambios que iban a ocurrir en España varios años más tarde. No sólo nos enseñaron a estudiar, pues también nos educaron realizando diversas actividades, como las obras de teatro protagonizadas por niños y niñas en el Salón del señor Pascasio, o la práctica de deportes en el atrio de las escuelas, o la realización de diversas prácticas de "laboratorio", como el medir el agua de lluvia o la velocidad del viento, por ejemplo. Nos prepararon para competir.

Desde aquí, gracias a aquellos buenos maestros.

MI TÍO LORENZO, EL MEDICO

Recuerdo una anécdota ocurrida cuando yo tenía cuatro años. El padre de Taso, el marido de la "machacintas", llevaba varios días muy enfermo. Aquella tarde me di cuenta de que algo malo estaba a punto de suceder. Había muchos hombres en la calle, a la puerta de su casa, y dentro muchas mujeres. Yo andaba entre ellos cuando llegó el médico, don Lorenzo. No sé cómo, pero me colé tras él hasta la sala donde se hallaba el enfermo. Después de examinarlo, don Lorenzo tomó la única decisión posible: una transfusión de sangre. Decían que era la única posibilidad que quedaba para salvar al enfermo, y para ello se necesitaba un donante, ofreciéndose en ese momento el "judas". Aún veo, como en sueños, cómo se realizó, brazo a brazo, del donante al receptor. Los efectos que se pretendían no dieron el resultado positivo esperado, pues el padre de Taso murió poco tiempo después. Creo que fue la primera y última transfusión de sangre en Salmoral.

Fue una muestra de valor y del saber hacer de aquel médico que Salmoral premió dando su nombre a una calle.

LA COJA

Todos conocíamos a la "coja". Vivía en la plazuela. Era frecuente verla tomar el sol a la puerta de su casa, siempre cosiendo.

Vivía sola, sin familia; para mí, que no la tuvo nunca. Su casa era pequeña y estrecha. Desde la puerta, a través del pasillo se veía su corral. A la derecha del pasillo se hallaban el portal, la cocina y el dormitorio con una pequeña ventana que daba al corral, al lado del pozo y la pila.

Sólo tenía dos bombillas para iluminar sus noches, situadas en el dormitorio y en la pared que separaba la cocina del portal, por lo que iluminaba, es un decir, dos habitaciones a la vez.

En el corral de su casa tenía dos higueras, un pozo y una pila de piedra. También había siempre alguna gallina.

Yo vivía muy cerca de su casa, y de vez en cuando me acercaba para pasar un rato con ella. Creía en los sueños y ella me los contaba como si fueran realidades. Uno de esos sueños que me contó aún lo recuerdo: decía que un día tenía que ir a buscar agua a la fuente, con el cántaro, pero que como no se encontraba bien, y además hacía frío, dejó dicha tarea para el día siguiente. Me siguió contando que aquélla noche soñó que se había levantado y fue a buscar el agua, y que a la mañana siguiente, cuando fue a buscar el cántaro para ir a la fuente, lo encontró lleno de agua. Había hecho el trabajo dormida.

EL TÍO QUICO

El "tío Quico" era uno de los pocos cazadores del pueblo que tenía escopeta. Un día estábamos en el recreo de la escuela y fuimos corriendo hacia él al verlo aparecer con una avutarda muerta. Decía que pesaba once kilos, y que media más de un metro de punta a punta de las alas. Todos queríamos tocarla.

El orgullo del cazador pagaba con creces los días y días que había estado al acecho esperando un fallo defensivo de las desconfiadas avutardas.

La fama del "tío Quico" como gran cazador alcanzó la cota más alta ese día. Las liebres y las perdices, por ejemplo, eran para los aficionados.

LAS QUE PEDÍAN

Formaban un grupo de cinco, seis o siete mujeres, todas vestidas de negro, con un pañuelo del mismo color en la cabeza y faldas hasta los pies. Llegaban a las casas, daban un golpe suave a la puerta y empezaban diciendo: "Por todos los difuntos de esta casa", continuando con diversos rezos como padrenuestros, avemarías,... y oraciones que decían en latín.

Todo esto lo hacían para obtener unas cuantas monedas para poder seguir "malviviendo". Una vez por semana, y cuando el hambre apretaba, se iban a otros pueblos a realizar la misma "tarea". Era la mendicidad organizada que disfrazaba la miseria en la que algunas familias vivían.

Sus rezos, monótonos, rompían el silencio de las mañanas del pueblo. Y es curioso, a pesar de conocerlo desde siempre no por ello dejaba de impresionarme.

EL MAYO

Podría interpretarse como una parte del rito a través del cual el muchacho se hacía mozo. Una nueva generación de hombres llegaba, y su bandera, su forma de darse a conocer, era a través del "mayo", un árbol muy alto que se colocaba en el centro de la plaza, generalmente el primer día del mes de mayo, permaneciendo en ella durante todo el mes.

Lo primero que se hacía era buscar por los pueblos vecinos un gran árbol, casi siempre chopo. La noche anterior al día de la plantación del "mayo", entre todos los mozos se reabría, en el centro de la plaza, el agujero donde se iba a plantar. Con picos y azadones se conseguía llegar hasta el fondo, donde había grandes piedras que los quintos del año anterior enterraron, pero que había que sacarlas pues servían para sujetar mejor el árbol en el momento de plantarlo.

De madrugada salían los mozos con un buen carro tirado por bueyes en busca del árbol. ENtre talarlo (a veces también cortarlo, par poder transportarlo) y cargarlo en el carro se pasaba la mañana, regresando cuanto antes al pueblo.

La entrada en el pueblo era triunfal. La música la ponía la dulzaina de los "talaos", o del "rus", o de los "quemaos". En la plaza estaba todo el pueblo dispuesto a ayudar. Los padres de los quintos del año estaban pendientes de que todo saliera bien. Las maromas para empinar el árbol y las horquillas, hechas con árboles pequeños, estaban dispuestas. Si el árbol se había cortado para ser transportado, se empalmaba de nuevo; más tarde se le ponía la bandera española, bordada por las madres o hermanas de los mozos y por último se izaba hasta quedar totalmente plantado en el centro de la plaza. ¡Vivan los quintos del...!, era su santo y seña, y su orgullo, para todo el mes.

Pasado el mes, los que mozos retiran el árbol, aunque fueron ellos mismos los que lo plantaron, se sienten distintos: ya son hombres.

EL PRAO

¡Qué gran día era el primer domingo de mayo! Era el día en que se habría el "prao", era el día que todos los chavales esperábamos con impaciencia.

Las calles se llenaban de animales: toros, bueyes, vacas, caballos, mulas y burros. Todos, en un desfile lleno de alegría, se encaminaban al "prao". ¡Qué bien se estaba allí!. El olor a hierba lo inundaba todo. Había pasado el invierno y la primavera había hecho brotar con fuerza aquella hierba verde donde los animales ya podían pastar.

Los hombres, los mozos y los niños también acudíamos. Los mayores formaban sus tertulias y hablaban de los valores y cualidades de tal o cual toro, de la cosecha o de lo que fuera, el caso era pasar la tarde en aquel lugar tan agradable. Los niños tenían sus entretenimientos propios de estas fechas, unos hacíamos trenzas con los pelos arrancados a las colas de los caballos y otro jugaban al "trinque": El "trinque" era un juego de lanzamiento de un palo, como si de una jabalina se tratara; llevaba varios días preparar dicho palo, pues tenía que se lo suficientemente largo y lo precisamente corto par poderlo lanzar lo más lejos posible; además había que afilarlo bien para que pudiera clavarse en el suelo al caer.

Los ruidos de los animales se unían a los gritos de los muchachos y a las voces más tranquilas de los mozos. Cuando el sol anunciaba su puesta, los animales tornaban a sus casas para pasar la noche. Se estaban preparando para el verano.

LA MALA NUBE

Se empezaba con el barbecho y le seguía la sementera. Al largor invierno le seguía la primavera, época en la que la cosecha ya apuntaba algo. La siembra había sobrevivido al gélido invierno y a la mucha o poco agua caída, y al llegar la primavera había que esperar q que lloviera lo justo, a que no helara, a que no... Así llegaba el mes de junio, en el que no podía hacer ni mucho viento ni excesivo calor. Las cebadas van tomando su color y los trigos ya han comenzado a perder ese verde de primavera.

Amanece un día azul, no hace ni frío ni calor. Promete ser un buen día climatológico, pero por el "cerro Serrota", allá por Migalvin, aparecen "los borregos", unas nubes blancas, pequeñas, que Cirilo enseñó como signo inequívoco de pronta tormenta, que en esta época del año suele venir acompañada de pedrisco. Poco tardan en llegar las nubes negras; a continuación el cielo se pone gris y casi al momento los rayos y los truenos se hacen dueños del cielo y de la tierra. El Guarda Jurado corre a disparar sus bombas contra las nubes, para evitar el pedrisco, pero no siempre acierta y la nube, la mala nube, descarga su contenido de piedras sobre el trabajo de un año. Era una nube pequeña y pasó rápida, pero sus efectos durarán un año.

TRIGO Y VINO

El término municipal de Salmoral es tan plano como la palma de una mano y el pueblo está en el centro. Pocos árboles, y cada vez menos, rompen la regularidad del terreno; hay unos cuantos, casi todos álamos, por la "huerta del marqués", allá por la Fuente Santa; otros cuantos en "la alameda", con chopos que se plantaron allá por los años veinte; algún chopo más por los "cerraos de la alemana" y por las cañadas.

A pesar de la poca vegetación existente, al venir de Peñaranda, una vez pasado "el alto"; en cualquier época del año, parte del término municipal se veía verde. En verano el verdor lo ponían las viñas, plantadas en gran parte de las tierras que rodean a Salmoral; en otoño lo ponían el grano de cebada y trigo caídos durante la siega, que germinaban; y en primavera se alternaban las distintas tonalidades de verde que originaba el crecimiento de trigos y cebadas.

Esto era lo que producía esta tierra: cereales y vino. Cereales, ni muchos ni pocos, pues dependían de la climatología del año. De trigo venían a salir entre siete u ocho fanegas por huebra, de cebada un poco más, y de algarrobas menos cantidad aún que de trigo.

El vino era bastante bueno. Aunque sólo duraba un año era tan bueno que venían a buscarlo desde la sierra, principalmente para los días de fiesta que había a partir de marzo. Las calles se llenaban de serranos con sus caballerías y con garrafas dispuestas a ser llenadas de vino. Unos preferían el vino blanco y otros el tinto, pero antes de decidirse a comprarlo cataba el de las distintas bodegas del pueblo, siendo su decisión muy complicada, pues les era difícil saber cual de los vinos catados era el mejor.

Las viñas estaban tan repartidas como las tierras de cereal. La mayoría de los casos la cosecha era para consumo propio, sólo unos pocos obtenían producto suficiente para poder vender. Los vendedores se anunciaban con pequeñas banderas colgadas de las ventanas: rojas si el vino era tinto y blancas si el vino que vendían era blanco.

LAS PRIMERAS UVAS

"Por Santa Ana y Santiago tintan las uvas, por San Roque y el Cristo ya están maduras". Todos los años se repetía el mismo refrán y nunca se cumplía. Sólo se cumplía con alguna uva de algún racimo de alguna viña que había empezado a tomar color.

Me viene el recuerdo de algunos domingos por la tarde, en los que tres o cuatro amigos enfilábamos el camino de Cabezas hasta llegar al "prao de los Arroyo", y desde allí, entre mimbres y chopos, nos dirigíamos a una viña de "puesto alto" que tenía la señora Gabriela. En dicha viña casi se cumplía el refrán, era la viña que tenía las primeras uvas tintas. Casi siempre nos sorprendía el señor Mariano, "el charpas", y nos estropeaba la excursión, pues no nos perdía de vista hasta que llegábamos a la carretera de Malpartida, Para desde allí volver al pueblo. El día que no teníamos vigilancia se cumplía nuestro objetivo de comer las primeras uvas antes que otros, un rito que nos agradaba cumplir, a pesar de comer más uvas agrias que dulces.

LAS VENDIMIAS

Algarrobas, trigo y cebada ya estaban en las paneras. Anteriormente varios carros con sacos de dichos cereales habían recorrido los pocos kilómetros que separan Salmoral de Macotera para cambiar el fruto del trabajo de un año entero por el dinero que serviría  para pagar a los segadores y a los comercios de donde se había tomado a cuenta lo necesario para seguir viviendo.

Los apretones del verano habían pasado y la vida daba un respiro a los  que vivían del campo. Se empezaba a preparar la tierra y la simiente para comenzar la siembra. Mientras tanto llegaban las vendimias. A pesar de que la cosecha de uva era un trabajo considerado como muy duro, la vendimia era como una fiesta. Si, los segadores que llegaban a Salmoral sabían que el trabajo que les esperaba era duro, tan duro que el libre solo podían ocuparlo en comer y en dormir, los vendimiadores llegaban pensando en divertirse después del duro trabajo. Los vendimiadores venían desde lejos, incluso llegaba gente que no necesitaba trabajar para otros. La fiesta de la vendimia duraba una semana, con baile diario incluido.

LOS CARRASCOS

Octubre había comenzado y el frío se hacía sentir. Los niños con su enciclopedia y su pizarra caminaban hacia la escuela; los labradores comenzaban a sembrar; y algunas mujeres andaban hacia el camino de Migalvin para recoger carrascos. Dichos carrascos serán la leña que les calentará durante los fríos días del invierno que se aproximaba.

¡Qué trabajo más duro! La caminata, los tirones que debían dar para poder arrancar de la tierra los mencionados carrascos, hacer el haz, y volver a casa con el haz cargado a la espalda. No era nada extraño que luego se pensara dos veces el echar un palito más de la cuenta a la lumbre.

La paja recogida por las calles y los carrascos de Migalvin hacían que el invierno, en muchas casas, fuera menos frió.

LAS CAMPANAS

La torre de la iglesia tiene cuatro campanas, más la del reloj. Dos son grandes, tan grandes que dentro de cualquiera de ellas puede esconderse un muchacho; las otras tres, de parecido tamaño, son más pequeñas.

Cada una de ellas tiene un sonido distinto. Las mayores se utilizan para los toques de más importancia, ya porque la noticia que se quería transmitir era de alegría, salvo una excepción: el fuego.

Todo el pueblo conocía el lenguaje de las campanas y para lo cual no se necesitaba saber leer ni escribir, como tampoco necesitaba conocer las letras el que las hacía sonar.

Siempre me impresionó el toque que anunciaba la muerte de alguien. Lo conocíamos por "la señal". La gente salía a la calle para preguntar por quien sonaban las campanas.

Otro "toque" no menos aparatoso era el que anunciaba la existencia de un fuego. Las campanas tocaban "a rebato". En este caso la gente no se asomaba a las puertas, sino  que salía corriendo para ayudar a apagar el fuego allí donde se hubiera declarado. Incluso los trabajadores del campo abandonaban sus faenas y se acercaban al pueblo con todo urgencia para ayudar, pues todos éramos conscientes de que un fuego podía tener consecuencias imprevisibles, si no era controlado a tiempo.

Creo que las campanas fueron durante muchos años "el periódico" que un pueblo tan  pequeño como Salmoral no podía darse el lujo de tener.

LA PILA DEL BAUTISMO

A todos los que hemos nacido en Salmoral nos han bautizado en la misma pila. ¿Cuántos años llevará situada debajo de la tribuna?, ¿fue hecha para colocarla exactamente en dicho lugar?, ¿procedía de una antigua iglesia?. No conocemos nada de ella, es tan honda que parece hecha para bañar a los niños más  que para recoger el poco agua que el cura les echa sobre la cabeza.

Impone su sobriedad. El artista que la talló no hizo concesión a lo superfluo. El lugar donde está situada sobrecoge: atrás, al final de la iglesia, o quizás al principio, pues no falta quien señala que por ahí se entraba en la iglesia, y que la entrada actual era solamente una entrada lateral como lo es la de la plaza de abajo.

Pero sigamos con las características del lugar. La poca luminosidad de dicho lugar se la debe a la luz que recibe a través de una pequeña ventana que se abre a medida que atraviesa el imponente muro de la torre. El techo, bajo, está formado por enormes piedras. Lo único agradable que se ve es la puerta de acceso a la iglesia, de estilo románico, con arcos concéntricos. El suelo, de pizarra gris azulada, casi siempre está húmedo. Y por si fuera poco lúgubre dicho lugar, éste siempre  se ha utilizado como almacén o trastero, en el que se encuentran la maravilla del "monumento" con sus angelotes del siglo XVI o XVII, las andas con las que sacan en las fiestas a los santos en procesión, los "hachones" para los cirios gruesos de Semana Santa, las Cruces, etc., todo amontonado.

Aquí es donde nos bautizaron. Al Ayuntamiento iban nuestros padres, a la Iglesia teníamos que ir nosotros. Era nuestra primera salida al mundo, nuestra presentación ante Dios y los hombres.

LAS CAÑADAS

Salmoral no tiene río, ni riachuelo, sólo un regato  que apenas lleva un hilo de agua en verano. Está un poco lejos del pueblo. Nace en el "prao de los arroyos" y llega hasta el río de Malpartida, junto al término de Santiago de la Puebla. En invierno se crece y a veces es difícil atravesarlo si no es por algún puente, ya sea el del camino de Cabezas o el de la carretera de Malpartida.

A este regato iban las mujeres, desde siempre, a lavar la ropa. De mañana, una vez al mes, o cada quince días, unas con la ropa a cuestas y otras ayudadas por animales, se las veía por la carretera de Malpartida dirigirse hacia "las cañadas". Aprovechaban pequeños remansos del regato donde se acumulaba el agua para lavar. Era un día de fiesta. Se ponían de acuerdo las amigas para ir juntas; juntas merendaban y juntas volvían al atardecer.

Mas tarde el Ayuntamiento hizo los lavaderos, primero el de la Alameda y posteriormente los del "prao". Aparecieron las lavadoras y luego el agua corriente. Ir a "las cañadas" ya no era una fiesta. Las sábanas puestas al sol entre las junqueras desaparecieron para siempre.

¡Cuántas historias se vivieron en aquellos días, lejos de las miradas de los curiosos!, ¿cuántas historias se contaron "en secreto" para que se enterara todo el pueblo?.

Era una tradición que se perdió, como tantas otras.

EL INVIERNO

El invierno llegaba a las seis. De la escuela salíamos a las cinco y nos íbamos corriendo a nuestras casas a merendar. Poco tiempo invertíamos en ello pues rápidamente estábamos en la calle jugando con los amigos.

En esta época del año los juegos eran más violentos que en verano. Eran juegos en los que la carrera era fundamental: "guardias y ladrones", "el pario", "el brinquillo", etc.

Era la hora en la que los labradores volvían del campo, agotados, después de pasar una dura jornada tras el arado. Incluso los bueyes y las mulas también parecían cansados.

La vida se iba metiendo dentro de las casas. A medida que entraba la noche el frío se hacía más intenso. Se cenaba pronto, y antes de que se consumiera la lumbre la gente ya se había acostado. Se podía decir que de nueve a nueve y media Salmoral, en invierno, dormía.

LAS SOLANAS

Había pasado el  crudo invierno y los días se iban haciendo más largos. Las mujeres, después de terminar las faenas de la casa, se ponían a la solana para coser y descansar un rato. Mientras, los niños estaban en la escuela y los maridos en el campo. Rara era la calle donde no se veía un palo apoyado a la pared del que colgaba una manta y detrás de la misma un grupo de mujeres charlando. Eran los pocos minutos que tenían de descanso y unas, las mayores, los aprovechaban para remendar, y otras, las más jóvenes, para bordar e irse preparando el ajuar. Durante esos pocos minutos la vida en Salmoral se detenía: no había ruidos, no hacía frío. Se estaba preparando la llegada de la Primavera.

LA ESCUELA EN INVIERNO

"Para inviernos los de antes". Esta frase tan oída y muchas veces falsa, en el presente caso es cierta: la nieve, en las calles, duraba días y días; los "chupiteles" llegaban desde los tejados casi hasta el suelo, como si fueran estalactitas; el viento cortaba como un cuchillo afilado la parte del cuerpo que fuera al descubierto... A todo esto habría que añadir las noches sin luz eléctrica, sólo iluminadas por el candil de aceite o por las llamas de la lumbre.

En estas condiciones íbamos a la escuela: Muchos días la cantidad de nieve era tal que nos llegaba hasta la mitad de la pierna. Unos cubrían sus pies con botas de cuero y otros con abarcas; la ropa de abrigo más habitual eran los pasamontañas, bufandas, jerséis, chaquetas y pantalones de pana. Todo era poco para llegar a la escuela pasando el menor frío posible. Una vez en la misma nos juntábamos todos, en el pasillo de la planta baja, alrededor de los braseros de cisco que encendían cuando llegábamos. En ellos calentábamos nuestras entumecidas manos. Pronto entrábamos en calor. En clase ya no era necesario ningún tipo de calefacción, aunque algunas niñas tenían sus estufas particulares, latas agujereadas llenas de brasas, que se ponían bajo los pies.

LOS DOMINGOS

El domingo rompía la monotonía. De mañana hombres y mujeres estaban pendientes de los toques de las campanas de la iglesia para organizar su tiempo.

El primer toque era el de "misa prima". Era la campana chica la que avisaba. A dicha misa acudían las personas mayores, casi todas ellas vestidas de luto, que llevaban por el fallecimiento de algún familiar en fechas recientes.

Después de la primera misa las campanas grandes tocaban a fiesta. Era el primer "toque". Unos minutos más tarde eran las campanas pequeñas las que comunicaban la proximidad del comienzo de la misa. El tercer toque de campana era el que anunciaba el comienzo de la ceremonia.

Mientras las campanas marcaban los tiempos, en la Plaza se iban juntando los hombres, en grupos, que charlaban y a la vez no perdían detalle de las mozas que pasaban con sus ropas de fiesta. Los niños, mientras tanto, jugaban a la pelota, utilizando como frontón una de las paredes de la iglesia.

Los espacios dentro de la iglesia estaban repartidos: debajo de las escaleras que llevaban al altar mayor se encontraban unos bancos pequeños, unos cuantos a cada lado. Las niñas se sentaban en los de la derecha, lo niños en los de la izquierda; detrás de ellos se sentaban los maestros, la maestra con las niñas y el maestro con los niños. En la parte de atrás los hombres se sentaban en bancos; los mozos, en grupo y de pie, se ponían junto a la cancela de la puerta de la plaza. Las mujeres ocupaban la parte delantera.

Una vez terminada la misa, las mujeres se marchaban a casa a preparar la comida; por otra parte, había hombres que recorrían las tabernas de que disponía Salmoral y otros preferían ir al "juego de pelota" para ver algún partido que se disputaba entre los mozos del pueblo.

Llegada la hora de comer, se iban a sus respectivas casas, de las que salían poco después en dirección al "café", bien al de Efraín, bien al de Pascasio, para jugar "la partida", que solía durar hasta las seis o las siete de la tarde.

Ya entrada la tarde llegaba la hora del baile, que era el momento esperado por la juventud. A las diez solía terminar, y con el baile también terminaba el domingo, volviendo la habitual monotonía a hacerse dueña de Salmoral y sus habitantes.

JUEVES SANTO

En este día comenzaba la Semana Santa. Anteriormente se había vivido la Cuaresma, haciendo el "Vía Crucis" los viernes, y sin tener baile los domingos, entre otras cosas.

El Jueves Santo, por la tarde, comenzaban los "Oficios", exponiéndose durante los mismos el "Monumento". Terminada dicha función religiosa la gente marchaba a los salones de la Hermandad, donde tenía lugar el "remate".

Como en otros muchos pueblos y lugares de España, en Salmoral también se subastaba el derecho a sacar a hombros, en procesión, al Cristo y a la Soledad en días señalados. En los salones de la Hermandad se realizaba dicha subasta. Había una mesa, sobre una taima, en torno a la cual se sentaban el cura, que la presidía, el Alcalde y el Secretario; de pie estaba el alguacil. El salón se llenaba de gente y nadie conocía las intenciones de los posibles pujantes. Una garrafa de sangría, preparada en casa del cura para la ocasión, junto a una jarra y un vaso esperaban el momento de la terminación del "remate" para ser utilizados.

Una vez congregada la gente del pueblo en dicho salón, el cura pedía silencia y a continuación el alguacil anunciaba: "Se remata el Cristo". Cumplida esta grase comenzaba la puja. Cada envite iba acompañado por un "pasen a beber", que obedecían religiosamente los que habían hecho la última puja. Así una y otra vez hasta que se terminaba el remate del Cristo. Una vez concluido éste comenzaba la puja por la Soledad, realizándose el mismo ritual.

Esta costumbre es una de las pocas que no sólo no se han perdido sino que cada vez se puja con cifras más altas, siempre debido al cumplimiento de promesas.

Como los bares cerraban dicho día, hombres y mujeres terminaban la tarde en grupos comentando las incidencias del "remate".

Desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Gloria la única campana que sonaba en el pueblo era la del reloj de la torre de la iglesia. El resto de los actos religiosos se anunciaban con la carraca.

LOS CAFÉS

 Había dos: el de arriba, de Efraín, y el de abajo, de Pascasio. Había personas de "café" y personas de taberna. A la taberna se iba todos los días, mientras que al "café" solamente los domingos y días de fiesta.

La clientela de ambos "cafés" era fija. ¿Por qué la preferencia por uno u otro?, tal vez la razón haya que verla en la costumbre o en la herencia, porque los padres también iban al mismo "café".

A la hora de la partida casi siempre se tenían los mismos compañeros, que, en la mayoría de los casos, se conocían tan bien que con sólo mirarse sabían la jugada que tenía cada uno.

Dentro del "café" había apartados, que no habían sido impuestos por nadie, tales como el de los jugadores de tute, el de los de subasta, el de los mayores o el de los jóvenes, apartados de los demás lo más lejos posible debido a ser los más vocingleros.

De dos a siete de las tardes de los domingos y las de los días festivos los hombres del pueblo, mayores y jóvenes se reunían, rodeados de una nube de humo producido por el tabaco de "cuarterón", a jugar la partida de cartas en los dos "cafés".

LAS FIESTAS

Cuando yo era pequeño, Salmoral celebraba tres grandes fiestas, sin contar las de Navidad.

Después del largo invierno, a primeros de Mayo, teníamos la fiesta de "La Cruz", que se celebraba durante dos días, un día la Cruz grande y otro la Cruz chica. Era el anuncio de la primavera, y como tal era una fiesta muy extendida por pueblos y ciudades.

A mediados de agosto teníamos la fiesta de San Roque, que era la fiesta de los segadores. Como habían terminado el penoso trabajo de la siega y habían sacado unos buenos jornales se podían permitir gastar algo más de lo habitual como premio a tan gran esfuerzo. Los labradores habían vendido parte de la cosecha recién cogida, con lo que podían hacer frente a los primeros pagos de sus deudas y poder celebrar también el final de la siega.

Por último, en septiembre se celebraba la fiesta del "Cristo". Por entonces era la fiesta grande de Salmoral. Con ella se despedía el verano y la terminación de los duros trabajos de la recogida de la cosecha; se imponía un descanso merecido. Había más dinero, pues se habían vendido las algarrobas, parte de la cebada y algo de trigo. Las deudas se habían saldado. Eran las fiestas más alegres.

Pasados estos días de septiembre llegaba la recuperación física de los hombres y mujeres que habían llegado casi al límite de su resistencia. Se tenían  que reponer, pues a los pocos días iniciarían un nuevo ciclo con el comienzo de la sementera.

EL LABRADOR

Siempre mirando al cielo, del que espera de todo: agua, nieve, calor, frío... Su profesión, de labrador, la había comenzado a ejercer desde muy joven. Con apenas tiempo para asistir a la escuela, sus pocas fuerzas, casi infantiles, habían sido utilizadas para trabajos menores pero necesarios: para quitar gatuñas en primavera, de merendero y de trillique en las eras en verano y el resto del año para atender los animales.

A medida que iba creciendo se responsabilizaba de tareas que su padre, ya mayor, no podía realizar, como el arado, la siega, etc.

Llegaba la hora de ir a la "mili". Para la mayoría era la primera vez que salían del pueblo, más allá de Peñaranda, e iban a tener la oportunidad de conocer otras tierras, otras personas y otros tipos de vida.

El momento de su vuelta era difícil, pues tenían que tomar una decisión que marcaría el resto de su vida: continuar la profesión que desde su niñez les habían enseñado, la de labrador, o marcharse del pueblo en busca de otros oficios y así cambiar el rumbo de su vida. La vida del labrador la conocía, la que le esperaba en su emigración a la capital no. La mayoría se quedaba en el pueblo.

La vida del labrador era un transcurrir de tiempos de labranza: la sementera, la primavera y la cosecha; otra vez la sementera, la... y siempre mirando al cielo. En la época de la sementera, allá por octubre, el labrador deseaba que lloviera algo, aunque no mucho; en primavera su deseo era el de que hiciera frío, pero sin heladas, y que cayera algo de agua; y en verano, acercándose la época de la siega, rezaba para que no hubiera tormentas que tumbasen las cosechas, o que no lloviera cuando el grano estaba en la era. Tan sólo podían estar tranquilos cuando el fruto del trabajo de un año estaba en la panera.

Una vez acabado el ciclo hacían el correspondiente reparto: una parte de la cosecha la emplearían para comida de los animales, otra para la simiente del siguiente ciclo, y lo que quedaba para vender y poder seguir viviendo. ¡Qué poco beneficio para tanto trabajo!.

LOS OBREROS

Junto a los labradores, tanto grandes como pequeños, convivían los que dependían del trabajo que aquéllos podían ofrecerles. Eran los obreros. Los había fijos, que pasaban muchos años trabajando para la misma casa, y temporeros, contratados para las faenas de temporada (segadores, podadores de viñas, vendimiadores, etc.)

De las dos categorías los más agraciados eran los obreros fijos, también llamados "criados". Tenían asegurado un sueldo, lo que suponía que el sustento de su familia no dependía del tiempo atmosférico, pues todas las semanas cobraba dicho sueldo.

Los temporeros solían ser jóvenes. El trabajo de temporada era más duro pero estaba mejor pagado. El resto del año esperaban a que alguien les llamara para realizar algún trabajo, el que fuera, y así poder llevar a sus casas algo de dinero.

Los menos favorecidos eran los jornaleros. En Salmoral el poco trabajo que había no daba para todos. Sin trabajo no había jornales, y sin jornales no había dinero para poder comprar lo imprescindible para seguir viviendo. ¡Cuántos días se pasaban comiendo solamente patatas y un trozo de tocino, y bebiendo un trago de vino!. Y no digamos si el invierno era de los de mucha nieve, con lo cual hasta el pan era una alimento escaso en muchas casas.

Fueron los jornaleros los primeros en tomar la decisión de emigrar a otros lugares, en busca de algún trabajo que no tuviera que ver con la tierra. Los pieleros, carniceros y albañiles, los más viajeros, eran los que traían noticias al pueblo de que en otras partes de España no era tan duro ganarse la vida como en Salmoral. Muchos marcharon y casi todos triunfaron. Hoy vuelven al pueblo y les parece imposible que aquello que pasaron en su niñez y juventud hubiera ocurrido.

LOS TRATANTES

Los primeros que conocí hacían el camino a caballo o en mulo. Con el dinero en la cartera, pues no utilizaban los Bancos, salían muy temprano y tras varios días de viaje, atravesando Extremadura, llegaban a Andalucía. Cada año iban un poco más lejos. Llegaron hasta Medina Sidonia, en la provincia de Cádiz. Desde dicha localidad pateaban las fincas de los alrededores comprando vaca tras vaca, hasta donde las posibilidades económicas les permitían. Una vez comprado dicho ganado, marchaban, campo a través, hacia Madrid, donde lo vendían para carne. Después volvían a casa. Habrían transcurrido tres o cuatro meses. De nuevo estaban con la familia. Con el beneficio obtenido de sus "tratos" compraban reses para engordar en casa y después venderlas.

A los que conocí, la profesión les venía de familia pues sus padres también habían sido tratantes. Al que más admiraba era a mi tío Moisés, que incluso hasta de tumbada la res era capaz de calcular su peso. Su hermano Quico no se quedaba atrás.

Fueron descubridores de mercados. Ellos y los pieleros llevaron el nombre de Salmoral tan lejos que cuando nos contaban sus viajes parecía que nos hablaban de otro país, pues no hablaban de lugares que apenas nos sonaban, y siempre terminaban diciendo: "aquello está cerca de África".

LOS CESTEROS

Vivían en un extremo del pueblo. Su oficio era hacer cestos, asnales y cuévanos. Tenían su temporada de trabajo al final del verano, que preparaban los cestos para las vendimias.

Nunca, que yo sepa, se dedicaron en exclusiva a este oficio, pues no les daba para vivir. Sólo lo tenían como una ayuda.

Era una delicia verlos trabajar, ver cómo seleccionaban los mimbres, los más gruesos para formar el armazón de los cestos, los más maleables para los trenzados finos y las asas. Y todo esto en medio de una tertulia a la solana del mes de septiembre.

Al desaparecer las viñas, el negocio declinó aún más. Pero el oficio lo llevaban en la sangre y buscaron otras salidas, por lo que aparte de cestos, también empezaron a fabricar sillas, sillones, muebles, etc. Tienen trabajo para todo el año, vendiendo directamente sus productos tanto al detalle, a particulares, como al por mayor a fábricas. En mi casa, y en casa de muchos de mis amigos, aquí, en Andalucía, tenemos sillas y sillones hechos por Antonio y su familia, que han sabido mantener la tradición y el buen hacer de sus antepasados.

LOS SEGADORES

No necesitaban reloj despertador. Tampoco necesitaban el canto del gallo para despertarse. A las cuatro y media, antes de que la Aurora se iniciara, se levantaban de la cama, los más afortunados, otros de una colchoneta de paja. Después de un desayuno, compuesto por un buen plato de patatas o sopas de ajo, caminaban hacia las tierras en las que iban a trabajar con la espalda doblada y con la hoz en la mano. Llegaban a las tierras con el sol despuntando por el monte, allá por Mancera de Arriba. Era la hora buena para la siega de las algarrobas, pues no se abrían sus vainas. El primer segador, el mayoral, iba a la cabeza y marcaba el ritmo a seguir por el resto; el último, el merendero, era el "chico para todo", el que en la faena de la siega hacía los haces.

A partir de las diez de la mañana comenzaba el calor, y para protegerse la cabeza se ponían un pañuelo en la cabeza que empapara el sudor, y encima un sombrero de paja. A las doce se hacía un alto para comer algo y reponer fuerzas. Solían comer tocino, chorizo y un trozo de carne con pan, acompañándose con un poco de vino fresco del barril. Era suficiente para poder continuar el trabajo.

Mientras los segadores continuaban con su labor, el merendero se acercaba al pueblo en busca de la comida, que generalmente era el típico cocido, acompañado de vino y agua fresca.

Con haces de trigo, o cebada, recién segado hacían una especie de cabaña para protegerse del sol mientras comían y dormían una pequeña siesta. A las seis hacían otro pequeño descanso para merendar.

Antes de ponerse el sol emprendían la vuelta a casa. Parecían más bajos que cuando salieron por la mañana, pues aún no habían podido enderezarse después de haber estado todo el día doblados como un arco.

La cena la hacían fuerte, para que les aportara las energías suficientes que, junto al descanso, les permitiría seguir, haciendo lo mismo que el día anterior, durante dos meses.

Pocos trabajos habrá tan penosos como el de los segadores.

OTROS OFICIOS

En Salmoral había otras muchas personas que trabajaban en oficios complementarios, necesarios para que el pueblo fuera como una comunidad autosuficiente.

PANADEROS:

Conocí varias panaderías, siendo la más importante la de los hermanos Martín. Aquello era una fábrica, pues incluso tenían amasadora eléctrica. El horno era muy moderno. Se complementaban con el molino de trigo y algarrobas que tenían también por "los barrancos". Hacían pan todos los días.

Quico, "el hornero" hacía muy bien el pan. Su elaboración, totalmente artesanal, hacía que fuera el auténtico pan de pueblo. También admitía que se le llevara la masa, hecha en casa, para que se cociera en el horno.

Un horno más pequeño tenía el señor Santiago, allá por el "juego de pelota". No siempre se encontraba pan allí, pero cuando lo había merecía ir a comprarlo.

Finalmente estaba Mariano, el "charpas", situado en la parte baja del pueblo, cerca de la casa del tío Valentín. También hacía pan, casi siempre de encargo. Lo elaboraba más cuidadosamente, y es posible que esa fuera la causa de su menor aceptación, aunque es justo reconocer que era un pan muy bueno.

Siendo un pueblo pequeño tenía sus panaderías distribuidas estratégicamente: la de Quico en el centro; la del señor Mariano en la parte baja, frente a la Farmacia; la panadería, en los "barrancos"; y la del señor Santiago cerca del "juego de pelota":

SASTRES:

El primero que conocí fue "el cachiplin". Recuerdo la mesa sobre la que trabajaba, allí, en la casa que tenía frente a la del señor Julián, el de la luz, y a la del "marqués". Trabajaba de pie sin importarle para nada que se viera su pata de palo.

También estaban los "talaos". Toda la familia ayudaba a la hora de  cortar la tela y coserla. Esa era una de las múltiples actividades que tenía dicha familia.

ZAPATEROS:

Los "gallos" eran los que más trabajaban. El padre fue el maestro de los hijos en el oficio. No sólo arreglaban, sino que también fabricaban. Era un espectáculo verlos trabajar el cuero curtido con aquéllas cuchillas súper afiladas, cual bisturí. Sus botos camperos han tenido fama, incluso fuera del pueblo.

Otro taller de reparación de calzado era el del señor Domingo,  casado con la señora Julia. Lo tenía en la calle que une la "plazuela" con la Plaza.

HERREROS:

En los días de invierno se oía por todo el pueblo el repiqueteo de los martillos sobre las rejas al "rojo vivo". Eran el señor Juan y el señor Paulino, que utilizaban, cada uno en su fragua, su maestría con el hierro.

¡Qué bien se estaba de tertulia en las fraguas, al calor de las brasas de carbón, en las tardes de invierno! Los labradores aprovechaban los crudos días de dicha época para afilar las rejas desgastadas durante las largas aradas de la sementera. También se erraban los animales, a los caballos y a las mulas en la calle, a los toros y a los bueyes en el potro.

CARPINTEROS:

Junto a las escuelas estaba la principal carpintería que tenía Salmoral. Era de una familia que tuvo que emigrar, pues cuando apareció la mecanización del campo su pequeña industria empezó a decaer. Lo mismo hacían un carro que un mueble. Trabajaban la madera, la pintaban e incluso modelaban las llantas de las ruedas de los carros.

Los recreos de la escuela muchos niños nos los pasábamos viendo como avanzaba la construcción de los carros o de los yugos.

Baltasar, albañil de profesión, también hacía algunos trabajos de carpintería.

PIELEROS:

Han sido los profesionales más conocidos fuera de Salmoral. Al principio su trabajo lo hacían con burros o mulas; más tarde con bicicletas y motos, y finalmente con furgonetas y camiones.

Hacían muchos kilómetros, casi siempre por caminos, para traerse a casa unas cuantas pieles de cabra, de oveja o de conejo. Las ponían a secar para después llevarlas a los almacenes que había en Salmoral.

Algunos se dedicaban sólo a este trabajo, los menos. La mayoría lo tenían como ayuda en las épocas en las que su trabajo habitual escaseaba.

Muchos de aquellos que salían en busca de pieles se han establecido lejos de Salmoral, en lugares propicios para desempeñar el negocio de la compra-venta de pieles. Así, tenemos salmoraleños en Toledo, Cáceres, Sevilla, Cádiz, etc.

CARNICEROS:

No se sabe si los pieleros fueron los que llevaron a Salmoral a los carniceros, o viceversa. Lo cierto es que unos y otros alternaban sus oficios, siendo frecuente ver a las mujeres de los pieleros ofrecer por las casas carne de oveja, de cabrito o de cabra.

Aún así, había carnicerías estables en el pueblo, casi todas pertenecientes a distintos miembros de una misma familia: los "chiches". En invierno vendían la carne de cerdo, era su época, y el resto del año la de vacuno y la de ovino. Nunca faltó carne en Salmoral.

Elías, el de la Conce, y Berna, el de la Mauricia, salían a vender carne en Mancera o en Bóveda. Hoy día solamente es Berna el que vende carne con regularidad.

PESCADERIAS:

Si a Carlos V le llegaba el pescado fresco cuando estuvo en Yuste, a Salmoral llegaban, también frescas, las sardinas, los verdeles y las pescadillas de ración desde Galicia.

Conocí dos pescaderías en Salmoral: la de los "pinchurres" y la de la Esperanza. Desaparecieron pronto, pues les llegó la competencia desde Peñaranda, gentes que llegaban con carros o bicicletas cargados con más variedades de pescados.

ALBAÑILES:

El problema de la construcción lo teníamos resuelto con Balta, pues él mismo hacía el proyecto y construía la casa con todas sus instalaciones, incluida la pintura. Balta era albañil, pero también electricista, carpintero, pintor, pocero, etc. En todos los oficios era bueno, como muestra de ello ahí quedan las casas que él construyó.

También había otros albañiles, pero a pesar de su buen hacer no brillaron lo mismo que Baltasar.

OTROS:

En Salmoral también había:

-         Farmacia, con farmacéutica, doña Trini;

-         Médico, don Lorenzo;

-         Secretario del Ayuntamiento, don Rufino;

-         Sacerdotes, don Félix y don Pablo;

-         Sacristán, el señor Pascasio o Simón, su hijo;

-         Músicos profesionales y aficionados, tales como Pascasio y sus hijos, Efraín, Félix, el "talao" y sus hijos, Serafín, el "rus", y Nano, que nos hizo bailar con la música que tocaba con su clarinete.

Todos tuvieron su tiempo y dejaron su huella en Salmoral.

FINAL

Y nada más. Lo anteriormente escrito es un conjunto de recuerdos y de añoranzas que llegaban a mi mente, que, en mis ratos libre, he querido plasmar en papel.

Algunas de las narraciones hechas las vivencié siendo muy niño, actualmente ya desaparecidas, y por no querer que se pierdan en la memoria de las personas he preferido escribirlas.

Antes se tenía más tiempo para hablar con nuestros padres, abuelos o vecinos; con lo cual, las tradiciones, costumbres y anécdotas se comunicaban unos a otros. Actualmente, aparte de no residir y no vivir en el pueblo, apenas hablamos con nuestros hijos y nietos, y menos aún con los vecinos.

Los que conocieron lo aquí contado lo recordarán; los que no lo vivieron creerán que estas narraciones se refieren a hechos ocurridos hace muchos años, cuando en realidad ocurrió "ayer".